La cotidianidad nos trae, en el día a día, noticias que nos alegran e infunden ánimo, y otras que nos hacen preguntar qué seres humanos, llenos de tanta rabia y dolor, le estamos dejando en herencia a la tierra, a la humanidad. ¿Cuál es el futuro de las próximas generaciones?
Saber de una noticia más en la que una chica pierde la vida por un asalto emocional desbordado de ese "otro" que se supone que la quiere tanto, me conecta a reflexionar, a ponerme en el lugar del otro con ese dolor desgarrante que puede sentir una madre, una hermana, un padre, unos amigos, al conocer el final de una vida que está comenzando a florecer.
Como sociedad nos damos permisos de estar felices y de tomarnos las cosas con calma. El manejo inadecuado de las emociones "no tan agradables" hace que la convivencia entre nosotros sea mucho más difícil.
Nos han sembrado de generación en generación estereotipos y patrones inadecuados para gestionar cómo nos sentimos, y son mayormente los hombres quienes llevan una camisa de fuerza puesta, pues no pueden llorar, tienen que ser unos machos.
Es cierto que las mujeres llevamos ese bebé en gestación por 9 meses y que luego le alimentamos, y exige de nosotras estar muy disponibles emocionalmente para nutrir de manera sana a ese pequeño ser humano. Sin embargo, en pleno siglo XXI, con tantos avances, educamos a nuestros hijos no para SER, sino para TENER.
Padres, para qué tanto correr y matarse trabajando para comprar y gastar, si en el fondo nuestros hijos están vacíos, sin sentido de pertenencia, de identidad, buscando la satisfacción fuera, porque no logran encontrarla dentro de ellos mismos.
Es trascendental pensar cuáles son las consecuencias de lo que sembramos cada día, para que podamos cambiar a patrones de relaciones más saludables y funcionales que aporten a la sociedad individuos más conectados emocionalmente, más empáticos, más responsables y más felices.
¿Y tú, amas o posees?