Mi hijo Alexander tiene muchos años ya viviendo en Canadá, a miles de kilómetros de distancia de nuestro país. A pesar de no estar físicamente entre nosotros para despedir a su abuelo Manen, escribió sobre su legado algo hermoso que me llenó de una gran emoción, pues el vínculo con el abuelo Manen de esta segunda generación ha sido fuerte y fructífero.
Estar a la distancia y no poder estar presente en momentos en que despides a un ser querido puede ser un reto por la lejanía y la angustia de no poder estar. De diferentes maneras hicimos por incluir a cada uno de ellos dentro del proceso de despedida que vivía toda la familia.
En cada visita hecha en momentos anteriores, había una despedida como si fuese a ser la última. La realidad de la vida es esta: estamos aquí de tránsito y volvemos de donde una vez vinimos a este plano físico.
Con la despedida de nuestro padre, los que a la distancia estuvieron pudieron vivirlo de otra manera: honrándolo. A papá —abuelo Manen o abuelo Viví, entre algunos de sus nombres familiares— es fácil honrar, pues de todo lo sembrado en las tres generaciones posteriores a él y mamá, nos inculcó el perseguir nuestros sueños, a aprender más, a expandir nuestros horizontes y superarnos a nosotros mismos. Todo era susceptible de ser aprendido.
Y así eligieron ellos hacer: dedicarse cada día a los estudios e ir a trabajar en esas tierras lejanas, expandiendo las oportunidades como familia. Estoy segura de que eso ha de haber llenado de satisfacción a su abuelo Manen, sobre todo porque pensaban que lo hacían parados en sus hombros.
Pensar que la vida continúa parados en los hombros de un gigante como él hace este momento más llevadero. Me emocionó ver los frutos de esas semillas sembradas en los años de formación de todos sus nietos.
La esperada juntadera de los primos los domingos, en las cuáles apenas comían porque había mucho que jugar y brincar, además de disfrutar de un consabido consentimiento del abuelo que sabía y les buscaba las preferencias de cada uno de ellos.
Para mí, como hija, sentirme parada en sus hombros me da el aliento para continuar y no defraudarle. Papá no fue un Dios, ni jugó nunca a ser un hombre perfecto. Nos crió con muchos refranes y sabiduría aprendida de su infancia en Baní y San Cristóbal. Más algo que siempre enfatizó fue el dar el ejemplo, dónde siempre nos recordó de dónde venía y "que lo cortés no quita lo valiente".
Pararnos como familia en los hombros de este gigante que en vida fuera nuestro padre es honrar su memoria y su legado para los hijos de nuestros hijos y para el país que le vio nacer, al cual le dedicó sus conocimientos y su honestidad.
¡Presente en nuestros corazones, cada día! ¡Gracias, Don Vick!