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  • Ana Pellerano

“CAMINANDO EN SUS ZAPATOS”

Si quieres conocer quién es realmente una persona, camina una milla en sus zapatos”

Proverbio Indio



Sabíamos todos que su permanencia entre nosotros, luego de la partida de papá, sería corta, más nunca pudimos imaginarnos, que tan corta iba a ser. En cuestión de 35 días, nos despedíamos de papá y mamá.

La cercanía de ambas partidas, ponían en contraste la despedida de la vida de cada uno y, el significado para mí de lo que representaban en mi vida. Sobre todo, lo que emocionalmente habían aportado en mi vida.


Nacer, el mismo día que uno de tus padres, te da una convergencia en maneras de ser y una visión de la vida muy similar. Ese fue mi caso, con papá. Con mamá, Nora Deyanira, la plumita, el biscochón, mi niñez y adolescencia, tuvieron muchos retos. De alguna manera, ¡era como chocar camiones de frente!


Las similitudes las pude ir descubriendo de una sola manera: siendo madre. Llevando en mi vientre la vida, pude experimentar ese compromiso y ese rol, con los ojos de la realidad vivida. Con sus riesgos y sus compensaciones, más sus gratificaciones.


Ser madre ayudó a que fueran sanando paulatinamente, mis heridas de infancia, que caminaron un buen tiempo conmigo, llegando a hacerse viejas junto a mí.


Con la llegada de cada uno de mis hijos, viví experiencias diferentes. Llegué a asumir la responsabilidad de la bulla, el alboroto y los retos, de una familia grande, que por lo demás, conmigo, era compuesta. De una manera inconsciente, iba caminando, transitando por caminos que ya ella, había transitado.


Si bien la edad, nos fue suavizando a ambas, simplemente: ÉRAMOS. Teníamos muy claro lo que no negociábamos, y lo que sí, pudiendo llegar a ser, muy intransigentes.


Al llegar el ocaso de la vida y su partida, llegué a vivir lo que aún no había experimentado: poder reconocer en mí, el espacio que quedaba hueco sin su presencia.


Mi padre, nos dio estructura. El vacío de mamá, era sentir que había dejado de latir, el alma misma de nuestra familia. Ella llenaba las maneras de SER, costumbres…. lo que era ser mujer en nuestra familia (mayormente de mujeres). Lo femenino, la continuación de la vida.


Generalmente, al finalizar el día, le llamaba. Aún me queda: “tengo que llamar a mamá para contarle”. No sé que tiempo aún me quede, para que deje de salir el automático de llamarle. Me tocará hacer el ejercicio de hablarle desde el corazón, para que me pueda escuchar en la eternidad.


Si me queda algo bien claro, con su partida. Cuando entro mis pies en sus zapatos, me crezco. Recuerdo siempre de dónde vengo, quiénes me trasmitieron la vida. Quién me modeló lo que era ser madre, y, sobre todo, su compromiso hacia su familia, con sus luces y sus sombras.


Aún en sus últimos días interna en la clínica, valoró y atesoró cada visita, cada llamada de cada uno de sus nietos, que mientras vida tengan, recordaran a su abuela presente y pendiente, desde que dejaran de andar descalzos, hasta ¡sécate el pelo que te vas a enfermar!



¡!!Gracias mamá!!

Caminar en tus zapatos, me hace comprometerme contigo, conmigo,

¡¡con mis hijos y la familia grande que nos regalaste!!





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