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  • Ana Pellerano

Amor Propio



Nuestra formación física, viene dada por la fusión celular del óvulo con un

espermatozoide, que para desarrollar esa división celular y formar un ser

humano, depende en un 100% del ambiente que le proporciona el útero para

crecer, nutrirse y desarrollarse. Para que esto pueda ocurrir, tiene lugar una

simbiosis, un ser humano dependiendo de otro completamente, para la

viabilidad del feto.



Llega un momento de madurez, en el cual, ya ese útero cálido y lleno de

nutrientes, va envejeciendo, dando lugar a que sea el momento de evolucionar

y cerrar ese ciclo, para pasar a lo próximo.



Podemos hacer esta analogía, con el mundo emocional de nosotros los

humanos. Hay una primera etapa de nuestras vidas, que están marcadas por

esa relación primaria. En nuestros primeros meses de vida, no sabemos dónde

comienza nuestra madre y dónde terminamos nosotros como bebés.


Con el paso del tiempo, nuestros padres, interrumpen esa simbiosis para

mostrarnos el mundo e incorporarnos en la estructura y las reglas sociales. Ya

esa relación de apego, que fue tan importante para recibir afecto, seguridad y

cuido en nuestra primera etapa, con la madre, requiere de cerrar un ciclo, para

ir adquiriendo nuevas habilidades y destrezas a nivel emocional y social.

Todos estos procesos que suceden de manera automática van poniendo los

ladrillos que conforman la estructura de nuestro mundo emocional.


Existen sistemas de familias


en los cuales, estos procesos no culminan en las

transiciones adecuadas, o hay un deseo de estar “fusionados” como creencia

de ser buenos padres, que fo


rman parte de los mitos con respecto a la

paternidad que existen en culturas, como la nuestras.


Muchas veces pensamos que “querer” es casi respirar por el otro y hay un

patrón de madre abnegada y entregada, que rompe con el sano desarrollo

emocional y permitir que cada individuo respire por sí mismo y vaya

aprendiendo de la vida, a


cometer sus errores y aprender de ellos.

En la crianza de nuestros hijos, brindar las oportunidades de que ellos vayan

construyendo su propia identidad, es un regalo invaluable. Cuando

estimulamos en ellos su propia valía y esfuerzo, les damos los grados de

libertad necesarios, para que


comentan errores, desarrollen destrezas y

aprendan a tomar decisiones. Al final, biológicamente, nos corresponde partir

primero que ellos.


Cuando como hijo aprendo de mis padres, a posponer mis necesidades y

bienestar, es un patrón que se repite una y otra vez, generando límites difusos

y generando resentimientos, por lo poco valorados que podemos sentirnos, al

haber dado demasiado.


Sólo YO, puedo suplir mis necesidades emocionales, la teoría de la media

naranja no existe. De que sea otro, que me complete. Tenemos que sentirnos

completos con nosotros mis


mos, para marchar por la vida en relaciones de

interdependencia.


Póngase la mascarilla de oxígeno primero, es lo que escucha en las

instrucciones de seguridad en un avión. Usted se estabiliza, para poder ayudar

más y mejor a los demás.


Al final de cuentas, tu carro no caminará muy lejos, si permanentemente andas

en “reservas”. Tengo muchas historias que contar cuando haciendo nuestra

tesis de universidad, mi querida hermana del alma, Vanja, insistía en echarle lo

necesario al tanque de gasolina y entonces perdíamos más tiempo y

pasábamos más calores.



Si emocionalmente, estamos desconectados de nosotros mismos, es un reto

poder conectarnos sanamente con otro ser humano.

Comenzar por ti y tu bienestar, no es egoísmo, es una sana relación que

genera vínculos más estables y duraderos con todos los demás, y cumple con

mantener tu tanque emocional, lleno de satisfacciones y de apoyo adecuado

para todos los demás.


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